Como la lluvia que no moja, pero que cala hasta los huesos...

Solo alguien que ha sufrido fiebres altas alguna vez, sabrá de lo que hablo. Durante aquellos meses tan duros, estuve comiendo poco y albergando todo tipo de resfriados uno detrás de otro. Recuerdo que aquel día había estado lloviendo toda la tarde y cuando tuve que ir a clase, todavía llovió más. Pensé que sería un buen día para verlo, un buen día para dejarle. Decidí tomarme un analgésico y me fui a clase con las ideas claras.
A la salida allí estabas tu. Te habías mojado para llegar hasta mi, casi tanto como yo me había mojado llorando muchos días atrás. Por suerte todo vuelve. Absolutamente todo.
Como la lluvia era lenta y parecía no calar, fuimos andando hasta tu casa. En aquel momento noté una subida de fiebre, un malestar, una angustia asfixiante poco común. Apostaría que era la fiebre, pero podría ser mi propia enfermedad interna y las ansias de terminar con aquella fábrica de despropósitos.
En el momento en que empecé a quitarme la ropa noté mucho calor. Y un sueño profundo que me permite olvidar cosas rememorables. Tenía los ojos brillantes y secos, asi que para terminar de quitarme todo -incluso la apariencia de lo que no se ve...- me quité las lentillas con suma dificultad.
La conversación era intensa. Respondí con navajas certeras. En ese momento ya estaba desnuda por completo. -por dentro y por fuera- Y lo bueno de estarlo es que pudiste comprobar lo que nunca pretendí ser, aunque tu defendías tu poca desnudez con cierta vehemencia, que con un par de aciertos más terminó por caer. Y te vi tan frágil y tan transparente que asustabas. Como un niño asustado. Como un muñeco de metacrilato.
Horas después no tardaste en dormirte. Y yo y mi fiebre, eramos demasiada gente en aquella habitación. Me vestí. Te miré. Te besé.
Y mientras fui dando tumbos hasta salir al pasillo sin recordar donde estaba la salida de aquella especie de laberinto oscuro y tétrico. Abrí una puerta y allí dormía tu compañero de piso. Acerté con más suerte en la siguiente puerta, sabiendo que salía por ultima vez de tu agujero con forma de laberinto oscuro.
Fue bastante dificil andar con aquel dolor por todo mi cuerpo. Me escocía la piel y cada poro en la fricción con mi ropa era una verdadera tortura. Hacia las seis de la mañana lo unico que podía divisar eran siluetas que iban sobrepasandome y que si alguna hubiera querido atracarme, solo tenía que soplar...porque no hacía falta nada más...y cuando creí que iba a desfallecer te apareciste ante mi en forma de llamada. Jurando que era imposible decir adiós y que todavía quedaban pendientes muchas luchas con diana certera. Faltaban todavía muchas noches de fiebre intensa como aquella, en las que aunque parezca mentira, tu fragilidad de metacrilato es como hormigón revestido, frente a mi propia extenuación.
"Es mi mundo tan pequeño,
una burbuja interior,
de millones de colores...
En un mundo tan pequeño,
solo cabemos tu y yo,
aumentando el microscopio,
lo haremos en blanco y negro"